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Artículos

Geometría Sagrada

Artículo #3.5 Funciones de la conciencia: desarrollo  de la memoria y la inteligencia
 
®Todos los derechos reservados. Autor del documento: Arturo Ponce de León para Psicogeometría México. Colaboración: Ninón Fregoso.Se autoriza la reproducción del material contenido en este sitio siempre y cuando se cite la fuente y se respete la integridad del texto.

Extracto del libro "El Poder de la Vida en la Geometría Sagrada y la Arquitetura Biológica de Arturo Ponce de León y Ninón Fregoso" Adquierelo aquí

Veamos ahora cuáles son las funciones de la Conciencia y cómo se da el proceso toroidal de ir de afuera hacia adentro, cómo percibimos y recreamos la realidad exterior para conformar una realidad interior y cómo ésta, cuando regresa, vuelve a recrear la realidad exterior en un eterno vaivén. La realidad objetiva es la realidad construida por la interrelación entre objetos.

Un objeto (del latín objetum), es todo ente limitado a una función precisa y puede poseer características y relaciones. Geométricamente, es visto como la metáfora de una esfera, de un círculo, pues está cerrado hacia el exterior. Más adelante veremos qué ocurre cuando las personas (los sujetos) se vuelven objeto. El proceso de apropiación y reconstrucción de la realidad objetiva está dividido en tres etapas fundamentales: la percepción, la memoria y la inteligencia.



En la primera etapa, la percepción, encontramos los sentidos. Nuestro primer contacto con la realidad es sensorial, y se da por medio de los cinco sentidos básicos y los veinticinco aleatorios, o sea, los sentidos cruzados, por ejemplo, el sabor de un olor o el color de un aroma. En el ciclo de la percepción interviene un subciclo que comprende los procesos atencionales, de percatación y cognoscitivos.

El primer paso es fijar nuestra atención en cualquier objeto. Para ello es necesario focalizar, o sea, disolver la tensión. La atención no es otra cosa más que la “no tensión”. Es necesario darse cuenta que la atención, llamada también foco atencional, es como un ojo o un haz de luz. Éste puede ensancharse o achicarse, puede ser corto de miras o de amplia visión. El foco atencional se ejercita como si fuera un músculo y es el que nos permite darnos cuenta de todo un cuadro o sólo una parte del mismo, aun cuando la imagen la captamos completa por el ojo.

Observemos cómo, mientras se leen éstas palabras, la atención puede estar focalizada en las letras de esta oración, en las letras de todo el párrafo, en las letras de toda la página o incluso, puede estar ensanchado a tal magnitud que pueda comprender la totalidad de tu campo de visión y “veas” estas letras en un contexto más ensanchado de tu realidad inmediata. La lámpara que alumbra la oscuridad es la metáfora del foco atencional. La atención puede ensancharse, como la luz que emite un foco incandescente o pude adelgazarse, como el haz de luz de un rayo láser. El siguiente paso del subsistema es el proceso de percatación. Es el darse cuenta de lo que uno observa. La percatación es el primer paso de la conciencia y es como si la mirada que uno lanza a las letras del texto, en este ejemplo, regresara como en efecto de bumerang y el sujeto fuera consciente de lo que está viendo. El ser consciente es el segundo paso en la percatación y es imprescindible para la apropiación de la realidad objetiva. Es el espejo que nos devuelve lo visto.

Finalmente, interviene los procesos cognoscitivos o procesos comprensivos. En esta fase de la etapa de percepción, aquello que está siendo interiorizado mediante la percatación ahora es interrelacionado. Los procesos cognoscitivos son procesos donde se vinculan los elementos percatados. Es cuando se tejen las redes de asociación entre los elementos que fueron “succionados” o “implotados” por el foco atencional. Homologando este proceso a las computadoras, en este paso la realidad objetiva se encuentra en la memoria temporal (RAM) y sólo será fijada al escenario interno por medio de la creación de un vacío de percepción. Los procesos comprensivos son asociativos y dan lugar a fijar una huella mnémica, un rastro en la memoria. La realidad captada va a ocupar un espacio en la realidad subjetiva sólo cuando ésta última encuentre un hueco donde ubicarse. Es el principio del toroide el que permite almacenar esta unidad de percepción sensorial que tiene ciertas características específicas propias del sujeto que la percibe. Sus formas, texturas, proporciones, profundidades, colores, aromas, etc., codifican la impronta, la huella que puede quedar impregnada en el escenario interno de conciencia.

La segunda etapa del proceso es la memorización. Cabe aclarar que la que entra en juego en esta etapa es la memoria que se fija como una carga libidinal o energética considerable, no la memoria a corto plazo como la que ocurre en el proceso de percepción. Se memoriza aquello que se impregna en alguna de nuestras pantallas mentales. Detallemos estos conceptos. La memoria es la capacidad para reproducir información almacenada, es un sinónimo de mente. La mente es un escenario de representación. La información es información que pertenece al amplio espectro de la percepción. No es sólo información intelectual como comúnmente puede pensarse. La información es forma dentro del sujeto, de lo contrario, sólo sería forma, no información.

La forma, por tanto la geometría, es la clave para programar o desprogramar la psique del sujeto. La pantalla mental, la mente, es el escenario de representación donde se ponen de manifiesto un sinnúmero de contenidos que previamente fueron captados. Tenemos, por lo menos, cinco pantallas mentales asociadas a cada una de las funciones básicas de la conciencia: mente intelectual, mente emocional, mente instintiva, mente motriz y mente sexual. A la suma de todas estas mentes podemos llamarle, por facilidad, la mente del sujeto.

La tercera etapa es la etapa conocida como la del desarrollo de la creatividad y la inteligencia. Consiste en la recombinación de los elementos percatados que lograron impregnarse en alguna mente a través de la memoria. La capacidad para recombinar estos elementos es lo que se llama pensar. El pensar, aunque comúnmente se asocia a procesos intelectuales, va más allá, pues pensar es combinar formas previamente memorizadas, pensar es el arte creativo, el arte combinatorio por excelencia. En una danza, recombinamos movimientos ya introyectados para crear nuevas formas de expresión.

Los eventos traumáticos son aquellas experiencias que impactaron en el escenario de la memoria, en la mente, pero que lejos de permitir la mayor combinación de los elementos (sean sexuales, emocionales, intelectuales, motrices o instintivos) minan la capacidad para que el mecanismo de la conciencia pueda hacer el proceso de introyección y extroyección. Por ello, el primer paso en cualquier terapia es vaciar el toroide al que corresponde la terapia. Es como ese juego de números de plástico que están dispuestos en un cuadrado donde se deben acomodar dichos números buscando cierto orden y en donde únicamente gracias al hueco que hay entre ellos, el juego tiene razón de ser.

Cuando el proceso termina, somos capaces de recombinar aquello que ha causado una impresión en el escenario mental y con voluntad, ser capaces de recrear nuevos universos de significación, nuevos paradigmas de vida. En esta última etapa del proceso, la creatividad implica la creación de una realidad subjetiva. El sujeto surge cuando se recrea simbólicamente la realidad exterior en el escenario interno de conciencia. Pero, ¿cuál es la condición que debe haber para que un sujeto exista? Debe haber un toroide fractal. Capas anidadas de realidad, engarzadas por un agujero, un hoyo negro, un hueco, una “puntada” en el sentido lacaniano, un punto cero desde la física cuántica, la compasión desde el budismo, el amor desde el cristianismo. Cuando este espacio interior no existe, no hay punto de anclaje y el sujeto no puede incorporar la realidad objetiva y crear una realidad subjetiva, pues no hay lugar para crearla.

La diferencia entre un objeto y un sujeto es que el sujeto es un toroide metafórico, mientras que el objeto es una esfera, un toroide taponeado. Imagina un toroide con su hueco en el centro siendo taponeado por cualquier cosa u objeto. Lo que ocurre es que el toroide o dona que podía girar de dentro hacia fuera y de fuera hacia adentro. Se detiene, paralizando la capacidad para reincorporar la realidad exterior y desvinculando al sujeto de la maravillosa experiencia de ver la vida cada vez por primera vez. Es cuando el sujeto hace preconcepciones de la realidad que no conoce; emitiendo juicios sobre lo que desconoce no se permite involucrarse de nuevo en el flujo toroidal y terminar viviendo como si estuviera “muerto en vida”.

Este sujeto deja de girar porque el espacio central, el hueco primordial, la “falta primordial” es condición sine qua non para que la realidad objetiva pase a ser parte de la realidad subjetiva. Cuando se cree que se tapa esa falta, se vive una ilusión de completud, el proceso se detiene, y el ser humano pasa de ser un sujeto a ser un objeto. El ser se objetiviza a sí mismo. La falta puede ser llenada ilusoriamente con un hijo, una pareja, con dinero, con fama, con poder, con sexo, con supuesta espiritualidad: cualquier cosa es buena para darnos la ilusión de no estar viviendo esa angustia primordial que nos genera el sabernos finitos en un mar de infinitud. Imaginemos que un ser humano de pronto deja de respirar porque siente que está completamente lleno de aire, o que deja de comer porque cree que está saciado para siempre después de haber hecho una comida. El proceso de muerte y vida, de cesación y renacimiento es inevitable. Pues lo mismo ocurre en la vida psíquica. Si uno cree que está completo, se detiene el proceso de creación y el sujeto muere para dar paso a la creación mecánica de un objeto. Existen seres humanos que viven taponeando su falta con lo que sea: compras compulsivas, evasión, discursos sin sentidos, política hueca, etc., cualquier cosa u objeto puede dar la ilusión de completud. La persona cree que está llena y por tanto saciada, impidiendo el proceso natural de transformación y creación de la psique.

Cuando nos encontramos con un ser amado y de pronto termina esa relación, podemos vernos envueltos en una serie de sentimientos destructivos y dejar paso a una oleada profunda de sufrimiento por no comprender el proceso toroidal de la realidad subjetiva y su relación con la realidad objetiva. La persona amada nos daba la ilusión de estar completo, es como si hubiera estado tapando el punto cero, el punto de anclaje y en ese estado uno se volteara a verse a sí mismo y se viera completo, sin ningún hueco. Vamos así por la vida hasta que la persona amada se va y nos deja ver la falta, el hueco psíquico gracias al cual se puede vivir como sujeto. Desafortunadamente, la mayoría de las veces no lo comprendemos de esta manera, creemos que esta persona amada que se ha ido es quien creó la falta, el hoyo en nuestra vida, sin darnos cuenta que para ser un sujeto y continuar recreando las capas de realidad subjetiva y poder tener mayor libertad de desplazamiento en la realidad objetiva, esa es la condición de existencia. Creemos que éramos esferas completas y que la falta que vemos la hizo la persona que se va, sea nuestros padres en la más temprana infancia, la pareja en la vida adulta o la vida misma en la vejez. Comprender al sujeto como un tubo toro con sus elementos de totalidad de capas anidadas y el punto de anclaje al centro, nos permite vivir con mayor amor y libertad.

Para experimentar la realidad de nuestro cuerpo gravitacional y vivir las funciones de la conciencia y la necesidad de habitar en nosotros mismos como condición para no caer, literalmente, en la vida, los derviches, a lo largo de miles de años, han practicado Giros Sufis.

Los giros sufis son una técnica antigua que consiste en girar sobre tu propio eje por largos periodos de tiempo, como los niños naturalmente lo hacen. El sufismo es una corriente espiritual surgida en Persia antes de la era cristiana que se integró posteriormente al Islam. Es un camino de búsqueda de la experiencia de Dios. Es el descubrimiento de Dios para alcanzar la unidad a través del amor.

El sufismo está formado por una diversidad de técnicas, dirigidas e indicadas por el maestro o sheik, basadas en la meditación, la oración, el ayuno, la música, la poesía, los cuentos y la danza. La danza Derviche ya existía con anterioridad al Islam en Asia central. Los chamanes entraban en éxtasis a través ella. Posteriormente evolucionó con el Islam.

El giro es practicado según determinadas reglas, en lugares y momentos precisos. La mano derecha se coloca extendida hacia lo alto con la palma mirando hacia el infinito, la mano izquierda se dirige hacia la tierra. De esta manera, el bailarín se convierte en un mediador entre el cielo y la tierra, lo infinito y lo finito, la persona se vacía para ser un toroide y si en el giro su foco atencional se queda atrapado o pegado a cualquier objeto, hace de este objeto su punto de gravedad e inevitablemente cae al piso cegado por su propio miedo. El miedo primordial a habitar nuestro propio vacío fractal interior.

Desde la Psicogeometría, la noción de persona fálica la entendemos así: el punto de anclaje en algún toroide se ve ilusoriamente tapado por un objeto o quizá por otro sujeto. Lacan le llama a esto taponear mi propia falta con la falta del otro y esto es absurdo que inevitablemente genera sufrimiento, inconformidad y reproche en toda relación humana, ¡pues nadie puede tapar una falta con otra falta!

Aceptándose a sí mismo como un sujeto y por tanto aceptando la condición de toroide, una persona no detiene las funciones básicas de la conciencia siendo capaz de crear una realidad interior subjetiva que refleje la realidad objetiva y la trascienda. Si nos concebimos como sujetos “objetivizados” no somos capaces de lo anterior pues el falo nos da la ilusión de hacernos creer que somos esa completud. El falo es todo aquello que tapona ilusoriamente la falta. Es un engaño y esa empresa está inevitablemente destinada al fracaso en el intento de recrearnos como sujetos.

Finalmente, la última función de la conciencia es la de retornar esa realidad subjetiva, nuestra propia subjetividad, para transformar de alguna manera la realidad objetiva. Como seres humanos, somos capaces de recrear esa realidad de dos maneras fundamentales: construyendo o destruyendo. La construcción de la realidad objetiva implica el proceso toroidal de implosión y explosión. No hay otra manera de crear, se tiene que explotar algo para construir otra cosa. Explotar en el sentido de ir de adentro hacia afuera como lo hace un volcán en erupción, por ejemplo. La implosión es, como vimos anteriormente, ir de fuera hacia dentro como lo hace el óvulo.

La destrucción es opuesta a la construcción y sucede cuando se cree que se implota o se explota. Esto sucede cuando el sujeto vive la ilusión de creer que el movimiento es unidireccional y lejos de irradiar desde su centro, de dar su amor, su conciencia a la vida, colapsa y destruye ésta última. Hay dos direcciones fundamentales de la conciencia: el amor o el miedo. El amor permite y genera la vida, el miedo detiene y destruye el proceso vida/muerte, implosión/explosión.














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