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Artículos

Geometría Sagrada

Toroides Humanos y energía sexual
Artículo #7.8 Estrella Madre: el secreto de la vida
 
®Todos los derechos reservados. Autor del documento: Arturo Ponce de León para Psicogeometría México. Colaboración: Ninón Fregoso.Se autoriza la reproducción del material contenido en este sitio siempre y cuando se cite la fuente y se respete la integridad del texto.

Extracto del libro "El Poder de la Vida en la Geometría Sagrada y la Arquitetura Biológica de Arturo Ponce de León y Ninón Fregoso" Adquierelo aquí

Más allá de la irreconciliable dualidad de pensamiento que nos lleva a pensar en dos aspectos intocables entre “lo bueno” vs. “lo malo”, estamos describiendo diferentes funciones que se relacionan de múltiples maneras en la Naturaleza y en la psicología humana. Recordemos que la Geometría es un camino a lo sagrado. No es la meta. Lo sagrado es el vacío fractal y el campo toroidal que de él emerge. Los sólidos platónicos representan geometrías de gran trascendencia, pero no son sino el esqueleto de la vida. Lo que anima esta estructura es el biocampo de todo lo viviente, lo propiamente sagrado está en los intersticios, en los espacios entre una forma y la otra. La Geometría Sagrada es un camino entre muchos otros que nos acerca a vincular nuestro aspecto material y nuestro aspecto espiritual, la conciencia de nuestro cuerpo material y la conciencia de los cuerpos más sutiles. Es una matriz que nos ayuda a comprender cómo está ensamblada la vida.

El biocampo es el campo de irradiación de un cuerpo en las diferentes frecuencias y amplitudes del espectro de onda. Es el campo relacionado con todos los campos energéticos implicados en el proceso de la vida y la muerte, en la transmutación de los cuerpos. Desde el campo de torsión, es el giro cuántico que existe en el espacio vacío hasta el campo sónico, que tiene mayor densidad, por ejemplo. Las puras formas son como tener el auto más sofisticado del mundo sin la energía para impulsarlo. O un cuerpo casi perfecto sin un alma desarrollada.

El ángulo de inclinación de la Esfinge en Giza es 32º: el paso del cubo (la Flor de la Vida) al dodecaedro (la Pentaflor)

Cada sólido platónico tiene atravesado un tubo toro en cada uno de sus ejes de rotación. Los ejes de rotación los encontramos definidos de tres maneras: la primera es por el atravesamiento de una línea sobre cada vértice y el vértice opuesto; la segunda es por el cruce de la mitad de la arista contra la arista opuesta; la tercera por el cruce de la mitad de una cara sobre la cara opuesta.

Obtenemos en cada sólido platónico el siguiente número de toroides que corresponden a las micro-funciones del mismo: el tetraedro con 7 ejes de simetría de giro, el hexaedro y el octaedro con 13 ejes, y el icosaedro y el dodecaedro con 31. Este secreto tan celosamente guardado por casi todas las tradiciones explica el hecho de atribuirle mayor o menor fuerza o pureza a los platónicos. A mayor número de toroides, mayor funciones en el biocampo y, por lo tanto, mayor complejidad en sus relaciones angulares.

En resumen, el icosaedro y el dodecaedro encabezan la lista, tan sólo recordemos la forma que tenía el vehiculo interespacial en la novela de Carl Sagan, Contacto. O la forma en la que dibuja Da Vinci en la última cena para simbolizar aquello que está atrás de Jesús, el Cristo. La relación con las doce caras del dodecaedro la podemos observar en diferentes tradiciones que hablan del número doce como constante de lo sagrado: doce tribus de Israel, doce Arhats en torno a Buda, doce hijos de Jacob, doce signos zodiacales, doce dioses del Olimpo en el panteón griego, doce dioses en la tradición Hindú, doce meridianos de acupuntura, doce pares craneales, doce sentidos en la Antroposofía del filósofo austriaco R. Steiner, doce meses del año, doce apóstoles de Jesús, doce Dioses Sumerios o doce planetas según Z. Sitchin.

La Estrella Madre es la anidación de los 5 sólidos platónicos

Si anidamos los sólidos platónicos uno dentro de otro, formamos una compleja trama conocida como la Estrella Madre o Cubo de Metatrón. Esta es la forma básica utilizada en terapia psicogeométrica cuando en cada vértice se colocan elementos de alto nivel de fractalidad, como el oro o el titanio, para crear un cono implosivo de carga. El físico estadounidense Dr. R. Moon, desde la mecánica cuántica, descubrió la base geométrica para la periodicidad de los elementos químicos. Lo hizo teniendo en cuenta que se vive en un universo fractal y de acuerdo con cierto arreglo geométrico que propuso el astrónomo alemán J. Kepler sobre la relación geométrica de las órbitas de los planetas en torno al Sol. En el “átomo Kepleriano” de Moon, los 92 protones de los elementos naturales están determinados por los vértices de dos pares idénticos de sólidos anidados.

El modelo de Moon se construye de la siguiente manera: si sumamos los vértices de los 4 sólidos platónicos que son duales (cubo-octa e icosa-dodeca), obtenemos 8+6+12+20=46. Para embonar los 6 vértices del octaedro, éste debe ponerse cerca de 6 vértices del icosaedro, de tal manera que la distancia del vértice más cercano del icosaedro respecto a la arista opuesta esté dividida por 1.618. Así que, si ensamblamos estos cuatro sólidos, tenemos un factor de embonación donde la arista del cubo es 1, el octaedro 2.12, el icosaedro 1.89 y el dodecaedro 1.618. Después, si tomamos el radio de la esfera que circunscribe el cubo como unidad respecto a los demás, obtenemos: cubo 1, octaedro 1.73, icosaedro 2.187, dodecaedro 2.618.

Si ahora tomamos los vértices de los platónicos arreglados de esta manera para ser la singularidad en el espacio donde se encuentran los protones, aparece una poderosa estructura del núcleo atómico. Si vemos la relación entre la completud de cada una las esferas que circunscriben los 4 sólidos, tenemos que el oxígeno (8) completa el cubo, el silicón (14) completa el octaedro, el hierro (26) completa el icosaedro y el paladio (46) completa el dodecaedro. Se obtiene el uranio (92) cuando se duplica el modelo.

De esta manera, el oxígeno, que hace el 62.55% del número total de átomos que encontramos en la Tierra, y el silicón que hace el 21.22%, están representados en las dos primeras figuras completas. El hierro representa el 1.2% de los átomos en la Tierra. La periodicidad exhibida por los volúmenes atómicos (el peso atómico dividido por la densidad de cada elemento) fue inicialmente estudíada por el científico alemán Meyer, en 1869, cuando el químico ruso Mendeleyev desarrolló, simultáneamente, el concepto de periodicidad.

La mayoría de los libros de texto discuten las propiedades del nivel máximo que ocurre en los números atómicos 3, 11, 19, etc., en el grupo 1a o alcalinos. Sin embargo, el modelo de Moon se fija en el nivel mínimo en el rango entre 4-8, 13-14, 26 y 46, sugiriendo que un llenado de espacio mínimo y una estabilidad estructural máxima ocurren cuando se completan los platónicos en cada esfera. A esta característica le conocemos en Psicogeometría como el punto de mayor nivel de fractalidad.

La relación entre el modelo atómico de Moon y las capas de los orbitales y suborbitales fuera del núcleo atómico en los electrones, si es fractal, genera un corriente de succión que sólo se puede explicar por el campo fractal. Esto quiere decir que “los puntos de completud de las órbitas de los protones definen los puntos de máxima estabilidad en el núcleo, reflejando la abundancia de estos elementos, mientras que la completud de los orbitales de electrones corresponden al fin de los periodos en la tabla periódica”, comenta el científico y geómetra Hecht.


La estructura empieza con el núcleo de helio o la partícula alpha de un tetraedro conteniendo dos protones y dos neutrones en sus cuatro vértices. Para ir al tercer elemento, el litio, los protones deben moverse hacia afuera para comenzar a construir la primera capa en los vértices del cubo. Así ocurre sucesivamente hasta que los protones y neutrones se van acomodando en los vértices o aristas de la anidación antes descrita.

La secuencia de anidación que descubrió el Dr. Moon en la disposición de los cinco sólidos es tetraedro, cubo, octaedro, icosaedro y dodecaedro. Como geométricamente no es “estelable” ensamblar un icosaedro a partir del octaedro, Moon recurrió a una inclinación áurea de los vértices del cubo respecto al octaedro. La secuencia de anidación que utilizamos en Psicogeometría, en terapia con poliedros, es: octaedro, tetraedro, cubo, icosaedro, dodecaedro. Esta forma de anidación se logra por una inclinación de 32º del icosaedro respecto al cubo, el paso de la incubación a la distribución. La misma inclinación que tiene el rostro de la Esfinge en Giza la misma inclinación que debe hacerse para salir del cubo y entrar a la pareja icosa-dodecaédrica. Aunque los sólidos platónicos pueden anidarse de varias maneras para crear la Estrella Madre, de la forma antes descrita podemos reunir la mayor cantidad de propiedades para dar un salto cualitativo en las interconexiones y asociaciones que crean mayor resonancia con la vida y con los cinco toroides verticales humanos y sus respectivas funciones.

La Estrella Madre es una herramienta útil para la armonización de espacios y para la armonización terapéutica pues genera vórtices de implosión. “El enlace trígono del carbón excitado, cuando está dispuesto en una simetría simple en forma de diamante octaédrico forma el desempaquetamiento de enlace triangular de un dodecaedro. Haciendo esto, un nuevo espacio molecular es creado en el centro”, comenta D. Winter. Esta forma, construida por los cinco sólidos platónicos, simboliza la matemática de la Mente Cósmica. Permite la visualización en 3 dimensiones de la anidación perfecta de ondas y resume las formas implicadas en la “Arquitectura Sagrada” y en los domos geodésicos del inventor e ingeniero estadounidense B. Fuller (también se le conoce como el Fulereno de Buckminster). Representa la esencia real de todas las formas vivas: el ADN, la Retícula Terrestre, el Zodíaco. La ciencia ha notado que el agua crea procesos de vida cuando se estructura en formas de Estrella Madre, a esto se le llama la Caja Clathrate y sirve para implotar la carga electromagnética en el agua.

El arquitecto y coreógrafo de Austria, R. Laban, propuso una gramática de los movimientos corporales basándose en las relaciones entre las proporciones del cuerpo humano y los cinco sólidos platónicos. Mostró que el ángulo máximo que el cuerpo humano puede abir las extremidades es idéntico al de los ángulos de las 20 caras del icosaedro. Así, Laban creó dazas cuya arquitectura en el tiempo eran idénticas a la armonía espacial de los sólidos platónicos.

Según los más recientes avances de la NASA, vivimos en un universo finito con forma de dodecaedro. Aunque quizá les faltó mencionar que dentro de esa forma exterior dodecaédrica se encuentran anidados todos los sólidos platónicos, como ocurre en la geometría de la Estrella Madre. En octubre de 2001, la NASA comenzó a almacenar información con el “Wilkinson Microwave Anisotropy Probe” (WMAP), sobre radiación cósmica. Como luz visible de estrellas y galaxias distantes, la radiación de fondo cósmico les permite a los científicos igualar el pasado al tiempo cuando el universo estaba en su infancia. Fluctuaciones de densidad en estas radiaciones les pueden también decir a los científicos mucho acerca de la naturaleza física del espacio.

La NASA liberó, en febrero de 2003, la primera información del proyecto. En octubre del mismo año, un equipo que incluía cosmólogos franceses y a Jeffrey Weeks, un matemático y becario de MacArthur, usaron estos datos para desarrollar un modelo de la forma del universo. El estudio analizó una variedad de modelos para el universo, incluyendo finitos vs. infinitos, planos, espacios curvos negativos (con forma de silla de montar), espacios curvos positivos (esféricos) y espacios toroidales (cilíndricos). El estudio reveló que el mapa total es de un universo finito y con forma de dodecaedro. Más adelante veremos que, más allá de vivir en un universo dodecaédrico y finito, vivimos en un universo fractal que es infinito en sus posibilidades, pero finito en sus formas básicas.








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