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Artículos

Sexualidad y Poder

Artículo #A2: Sexualidad y poder: heterocentrismo
 
®Todos los derechos reservados. Autor del documento: Arturo Ponce de León para Psicogeometría México. Colaboración: Ninón Fregoso.Se autoriza la reproducción del material contenido en este sitio siempre y cuando se cite la fuente y se respete la integridad del texto.

“Las posibilidades eróticas del animal humano, su capacidad de ternura, intimidad y placer nunca pueden ser expresadas espontáneamente, sin transformaciones muy complejas: se organizan en una intrincada red de creencias, conceptos y actividades sociales, en una historia compleja y cambiante” (Weeks, “La construcción social de la sexualidad”)

Introducción

El ser humano se considera como tal cuando accede a la cultura a través de la adquisición del lenguaje y por medio de ella se construye como un sujeto simbólico.  Es decir, un sujeto que es capaz de crear representaciones simbólicas de la realidad  adjudicándole valores, creencias, emociones, sentimientos y afectos a ésta.  Un sujeto que atribuye cualidades a las pulsiones sexuales instintivas y en esa atribución les confiere un sentido cultural y social.

La sexualidad resulta ser el resultado del cruce de la naturaleza con la estructura social y responde, por tanto, a condiciones sociales determinados por un contexto temporal y espacial.  La sexualidad es un producto social y un problema político, una herramienta para mantener el equilibrio del orden social.  Por ello se le somete desde las instituciones detentadoras de poder a una serie de normas que delimitan sus parámetros y refuerzan el equilibrio sistémico jerárquico. A través de estas normas, que fácilmente terminan convertidas en leyes, se uniformiza lo desigual como medida de control del equilibrio.  Se utiliza tanto la violencia física como la violencia simbólica para hacer efectivo el sometimiento a esas normas que saturan nuestras vidas y se sitúan por encima de nosotros mismos, pudiendo llegar a hacernos sentir invisibles frente a un todo social definido desde el poder. 

Es este ensayo reflexiono sobre el ejercicio del poder y su relación con la construcción de la noción de sexualidad centrada en una visión parcial y fragmentaria y cuestiono la validez de la concepción social que afirma que la sexualidad “normal” es la heterosexualidad destinada a la procreación.

 

Desarrollo

La sexualidad es una construcción cultural mientras el sexo es una característica biológica.  Freud dice que la cultura “designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres”

La cultura es la cosmovisión de un pueblo o de una persona, es el mundo simbólico que permite interpretar la realidad, es la red de significaciones.  La cultura son los bienes materiales y espirituales (saber, creencias, leyes) que le dan identidad al hombre y lo diferencian de otras culturas.  La cultura son los significados acumulados, es la matriz de significación donde se intercambian y adoptan elementos.

En un primer momento, abordar el tema de la sexualidad y el poder nos puede parecer un asunto íntimo que concierne únicamente a la privacidad de cada individuo. Este parecer deriva de la idea de que la sexualidad responde a una fuerza natural, que va más allá de lo razonable, y que por tanto, responde a algo casi instintivo que le otorga un carácter de impermeabilidad al cambio. En torno a esta idea, se han venido construyendo a lo largo de la historia, diversos discursos sobre el concepto de una sexualidad como medio de reproducción. Es decir, discursos que han situado la reproducción como fin último de toda práctica sexual, situando fuera de “lo normal” a toda práctica que no respeta este objetivo.

Sin embargo, vemos que estos discursos están construidos desde el ejercicio del poder.  Respecto al poder dice Ma. Inés García que es una “relación de fuerzas” que “constituye, atraviesa y produce a los sujetos”.    El ejercicio del poder es la capacidad de afectar a otros, es “un modo de acción sobre las acciones de los otros”.

Frente a esta postura, pienso que la sexualidad de los seres humanos se va construyendo mediante pautas sociales y culturales cada vez más alejadas de la reproducción, es decir, hoy en día la mayoría de las prácticas sexuales humanas no tienen como objetivo la procreación.  Por tanto, resulta evidente que la naturaleza no determina la conducta sexual. Sin embargo, las concepciones universalistas y totalizadoras sobre la sexualidad, basadas en un discurso biológico, han llevado a enraizar en nuestra cultura concepciones erróneas que nos impiden o retrasan el cuestionamiento de esta idea. El retraso de este cuestionamiento no es más que una forma de no alterar el equilibrio social establecido.

La sexualidad se vive subjetivamente por el individuo.  La subjetividad es el sentido que se le da a la matriz de significación cultural.  Es un proceso dinámico y dialéctico construido a partir de paradojas, incertidumbres y resistencias.  La subjetividad individual refleja las estructuras psíquicas donde el sujeto se vive como creador de significados.  Desde el poder, la sexualidad se utiliza como instrumento de gestión demográfica y de mantenimiento del orden social. Debe gestionar los recursos existentes y el reparto de los mismos para controlar los desajustes y mantener el equilibrio.  Foucault describe la subjetividad como “pliegues” que van de adentro hacia fuera y que se refiere a las “formas y modalidades de la relación consigo mismo por las que el individuo se constituye y reconoce como sujeto”

La sexualidad no puede ser reducida al ámbito privado, ya que responde a prácticas institucionalizadas específicas que la convierten en un asunto social. Las prácticas sexuales son prácticas sociales en el momento en que son reguladas desde la cultura y la estructura social. Por tanto, el recluirlas a lo privado, lejos de ser respeto, es disfrazarlas bajo una máscara que se impone desde quienes dirigen la estructura social, es decir, es hacerlas invisibles. 

Hoy en día, el mundo moderno se encuentra inmerso en un sistema neoliberal cuyo desarrollo se basa en el consumismo, un consumismo casi impulsivo que domina todos los ámbitos sociales, incluido el ámbito de la sexualidad. Un consumismo que se construye a partir del deseo y cuyo fin último es el sentimiento de placer que busca la consecución del mismo.

Los deseos sexuales provocan conflictos entre las personas y la sociedad, conflictos que pueden causar desequilibrios en la organización social. En la sexualidad también existe el deseo, el deseo erótico, valorado por cada cultura de diferente manera. El deseo aparece sometido a normas que le dotan de un carácter universal, ya que en todas partes se encuentra regulada; y de carácter conservador, porque constituye un elemento fundamental en la reproducción del orden social vigente, pues indica las condiciones en que tales relaciones pueden darse sin alterar el orden. La sexualidad norma y regula cómo alcanzar el placer erótico en los individuos.

Así, la sexualidad va unida al conflicto y al control social y es utilizada como instrumento para ordenar el mundo. Históricamente, las normas institucionales han dispuesto sanciones para imponer o garantizar una práctica sexual preferente bajo la cual se han situado las demás. En Occidente, la institucionalización de la sexualidad se materializa en una “heterosexualidad obligatoria”, práctica en torno a la cual se establece una clasificación cargada de juicios de valor y de toma de posiciones.

Desde el poder, se establecen normas para su regulación.  Unas normas fundamentadas en valoraciones, a través de las cuales, “lo normal” se asocia a lo bueno y deseable y “lo anormal” a lo malo o no deseable. “Lo anormal” parece quedar fuera del sistema social pero forma parte del equilibrio ya que sin ello no habría necesidad de adiestramiento y no existiría “lo normal”. Es decir, el etiquetar algo como “anormal”, es lo que permite la existencia de la etiqueta “normal” y, al mismo tiempo, es la que posibilita el reforzamiento de esta última.  Desde el poder se define “lo anormal” como lo que no entra en “lo normal”.

Las definiciones de sexualidad van cargadas de valor y violencia como medio de interiorización, de respeto y sometimiento. Al construir estas definiciones en base a opuestos, “lo malo” o “lo anormal” es lo que permite la existencia de “lo bueno” y, por tanto, permite la construcción de una pirámide jerárquica sustentada en pilares de juicios de valor. Sin “lo anormal” el equilibrio basado en un sistema binario no tendría sentido de ser.

La “heterosexualidad obligatoria” anula la existencia de otras posibles formas de sexualidad y distorsiona, así, la realidad.  Anula la existencia de una realidad múltiple y oprime a esa multiplicidad. Esta visión se impone tanto a través de violencia física como de violencia simbólica, se impone tanto a través de la fuerza como de la construcción de un “imaginario” en el que interiorizamos inconscientemente los juicios de valor.

La heterosexualidad adquiere carácter institucional, se le dota de un poder capaz de alejar y recluir a “la nada” a todo aquel que lo cuestione, a todo lo que pueda ser un peligro para el orden social o el equilibrio sistémico vigente en un contexto dado. El alejamiento se materializa en discriminación, acoso y violencia para el que no se incluya en “la norma”. Se invisibiliza lo que queda fuera, lo que cuestiona y confunde lo que queda dentro.

Los grupos sociales que viven una sexualidad diferente a la heterosexualidad están excluidos de la normalidad y no responden al “deber ser” establecido.  “Esto representa necesariamente la inmovilidad de las cosas, ya que las verdades sostenidas desde una legitimidad incuestionable de los mitos, se encuentran entramadas en todo un sistema al que Michel Foucault llamo “el discurso del poder”, un discurso que establece los valores e ideales a alcanzar de una sociedad determinada y de una época en particular.”

En una sociedad falocentrica y patriarcal como la nuestra, “lo normal” es todo aquello que se acerque a lo masculino (“lo normal” es ser hombre y a partir de esta cúspide se organiza el resto de la pirámide). Todo lo que se aleje de lo masculino o ponga en peligro el sistema vigente, que no tiene por que ser el único posible, es invisibilizado desde las estructuras de poder, manipuladoras del comportamiento y de la subjetividad de los individuos.

La heterosexualidad arrebata el poder a las mujeres convirtiendo su sexualidad en esclavitud. El imaginario social en torno a la sexualidad en la realidad mexicana dice que poder sexual es masculino y algunas mujeres y hombres aceptan como “natural” ese poder, olvidándose de ellos mismos y de su propio poder. Se identifica “la norma” como  algo natural y de esta manera se anula la amplia variedad sexual que es en la que verdaderamente actuamos.   Para Castoriadis, la noción de imaginario social implica que la sociedad esta instituida “desde las significaciones que se otorga a si misma”  

Así, la sexualidad femenina sólo existe a partir de un discurso masculino, lo que le arrebata el carácter femenino. El conocimiento de la sexualidad, por y para lo femenino, resulta invisible y no puede existir. No se puede definir lo que no se conoce. La sexualidad femenina no existe dentro del discurso masculino, no existe en el sistema patriarcal.  Pero no solo la sexualidad femenina, sino toda aquella manifestación de diversidad en las preferencias sexuales. 

El resto de las opciones o preferencias sexuales existen, pero son socialmente sancionadas. Las lesbianas son percibidas como la desviación, la aberración o la nada. El heterocentrismo invisibiliza todo lo que no se centre en la heterosexualidad como materialización de la sexualidad.

Al hablar de invisibilización me refiero a hacer invisible al “otro”, es decir, se trata de no dejar hablar a quien está fuera de la “norma”, de no darle papel protagonista en la vida o el movimiento, porque, al fin y al cabo, la vida no es más que movimiento.  A los “anormales” se les nombra desde el poder impidiéndoles el nombrarse a sí mismos, y de esta forma, se les arrebata su existencia en el terreno simbólico. Sólo se les deja ser en cuanto a objetos de definición de lo que se permite que exista, en cuanto a fortalecedores de la “norma”. Así, por ejemplo, cuando la homosexualidad es pensada desde los parámetros del poder, es concebida como otra heterosexualidad, es decir, no puede ser pensada ni hablada con referencia a su propia visión del mundo y de las relaciones sexuales.

La sociedad heterosexual se basa en la necesidad de lo diferente, del “otro”, en todos sus niveles. No podría existir sin ese concepto. Lo diferente, “lo otro”, es lo dominado y sin dominado no existe dominador. Si bien es cierto que todas las personas nos definimos haciendo hincapié en que el otro es diferente, también es cierto que la valoración extraída de esta diferencia no suele ir más allá de lo individual.

Nos definimos dentro de los parámetros que nos definen desde el poder heterosexual, es decir, nos definimos como hombres y como mujeres, como lesbianas, homosexuales, sadomasoquistas, bisexuales, transexuales, swingers, poliamorosos, o como cualquier variante en la manifestación de la sexualidad (sean estas por diferencias de edad, religión, color de piel),  asumiendo los esquemas de pensamiento instaurados desde el poder y, por tanto, preservando la heterosexualidad como único poder posible.


 
Reflexiones finales

Hoy en día nos encontramos en una etapa de transición, una etapa en que la organización mundial está cambiando, en que las fronteras de las estructuras occidentales se permeabilizan, en la que conviven las contradicciones de los discursos que las construyen y, por tanto, se muestran cuestionables.

Nos encontramos en un momento ideal para no resistirnos a este cambio, para no cegarnos ante nuestras propias contradicciones y para modelar una mejor manera de ordenarnos ampliando el grado de libertad y, por ende, aumentando nuestros momentos de felicidad.

La anatomía del cuerpo de hombres y mujeres ha dejado de ser un destino para la identidad sexual; la “naturaleza” de lo sexual es justamente la de no ser “natural” sino de ser una construcción producto de las interacciones sociales.  En el terreno de la sexualidad lo “normal” no es sinónimo de lo “natural” y por tanto lo patológico no puede ser únicamente definido desde el poder que ejercen unos cuantos sobre la mayoría en el mundo.  Nuestra identidad como hombres o como mujeres no son determinismos que jamás han de cambiar sino posiciones subjetivas con las que debemos encontrarnos y recrearnos a diario.  El orden social, la exigencia moral, ya no nos resguardan ni nos aseguran un marco estable para nuestra vida sexual y emocional.   

Debemos enfocarnos a la construcción, en nosotros mismos y en el otro, de nuestros propios principios, nociones y criterios de comportamiento sexual orientados hacia una mayor aceptación de la diversidad y la multiplicidad de las manifestaciones humanas. 




Bibliografía


º Castoriadis, Corneluis, La institución imaginaria de la sociedad, México, Ed. Campo de Ideas, 1989
º Flores, Alfredo y Rirízar Helena, “La marginalidad: ¿un constructo del lenguaje?” en Acta Sociológica.  Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Coordinación de Sociológica, Num. 13, UNAM, México, 1995
º Freud, Sigmund, “El malestar en la cultura”. Obras completas, Vol XXI,  Argentina, Amorrortu, 1975
º García, Ma. Inés, “El estado y el poder”, México, UAM-Xochimilco, (fotocopia)
º M. Foucault, “El uso de los placeres”, en Historia de la sexualidad, México, S. XXI Editores, 1988
º Osborne R. y Guash O,  “Sociología de la sexualidad”, Madrid, CIS, 1989





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