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Artículos

Subjetividad



Artículo #A7: “Subjetividad: ¿Colectiva o Individiual?"
 
®Todos los derechos reservados. Autor del documento: Arturo Ponce de León para Psicogeometría México. Colaboración: Ninón Fregoso.Se autoriza la reproducción del material contenido en este sitio siempre y cuando se cite la fuente y se respete la integridad del texto.

La subjetividad colectiva “se refiere a aquellos procesos de creación de sentido instituidos y sostenidos por formaciones colectivas” . La subjetividad colectiva implica una regulación simbólica ligada a la noción de autonomía que remite a un principio de auto-organización que solo le es posible mediante un soporte externo. 

La subjetividad colectiva esta vinculada a al cultura, entendiendo esta como la cosmovisión de un pueblo o una persona, los significados acumulados, la matriz de significación donde se intercambian y adoptan elementos de distintas culturas.  La subjetividad es el sentido que se le da a esa matriz de significación cuyo fin es el de generar autonomía e independencia tanto para el individuo como para el colectivo.  La subjetividad es un proceso dinámico y dialéctico construido a partir de paradojas, incertidumbres y resistencias. 

La subjetividad colectiva refleja las estructuras sociales mientras que la subjetividad individual refleja las estructuras psíquicas.  Se puede acceder a la subjetividad mediante el lenguaje o el arte.  La subjetividad colectiva expresa el deseo y la historia del yo con respecto al otro.

No se debe hablar de una subjetividad individual desligada de una subjetividad colectiva, son solo diferentes niveles de observación y de manifestación donde el sujeto se recupera no solo como agente transformador sino como creador de significados. La subjetividad es una noción de configuración que se asemeja a la de sistema, en tanto que acepta diversos niveles de claridad y precisión entre sus códigos, así como la posibilidad de dar un nuevo significado (resemantizaciones) y atribuir nuevos niveles de importancia (rejerarquizaciones).  En la subjetividad puede ocurrir la asimilación de elementos subjetivos cognitivos, valorativos, estéticos, emotivos, combinados en formas discursivas y de razonamiento que rebasan los análisis lingüísticos y lógico formales.

La subjetividad es lo inmanente, “lo que esta por dentro de”. Son las representaciones de las cosas.  Es lo vivido interiormente y con determinada cualidad.  Por ejemplo, cuando usamos nuestra vista tenemos una experiencia subjetiva que se corresponde a una experiencia visual, experimentamos la cualidad de la luminosidad, el colorido, la cualidad de la profundidad, etc. 

El sentido subjetivo lo comprendemos como el conjunto de emociones que se integran en los diferentes procesos y momentos de la existencia del sujeto, apareciendo constituidos en una cualidad que es parte de la emocionalidad que caracteriza al sujeto en esa experiencia.

El concepto de subjetividad se expresa por primera vez en la psicología con la aparición del pensamiento dialéctico, específicamente de aquel procedente del marxismo. Fue en la obra de los autores soviéticos de la década del 30, fundadores del enfoque histórico-cultural, que se va a delinear una forma de comprender la psique que la ubica en otra dimensión ontológica, diferente a como venía siendo comprendida por las diferentes tendencias de la psicología hasta aquel momento.

Foucalt describe la subjetividad como “pliegues” que van de adentro hacia fuera y que se refiere a las “formas y modalidades de la relación consigo mismo por las que el individuo se constituye y reconoce como sujeto”

Para Castoriadis, la subjetividad es la génesis de sentido, es decir, la construcción y transformación de la sociedad desde las significaciones imaginarias.  La noción de imaginario social (imaginario efectivo e imaginario radical) implica que la sociedad esta instituida “desde las significaciones que se otorga a si misma”

Las formaciones colectivas no solo son espacios concretos que aparecen en la vida social cumpliendo diferentes funciones, sino también son lo que creen ser.   Para la psicología social, el sujeto es un ser de vínculos.  El vinculo (y mas allá del lazo), va conformando la subjetividad, es decir, el posicicionamiento ante el propio deseo y ante la alteridad, lo otro, el mundo.  Pichon-Riviere habla de una teoría del vinculo donde hay un ínter juego entre el sujeto y sus objetos y señala: “en el vinculo esta implicado todo y complicado todo”.

Esta referencia implica la noción de sujeto del inconsciente, en el plano que va con la idea de un sujeto instituido desde las redes simbólicas socialmente sancionadas y los aparatos institucionales, los dispositivos y prácticas sociales que las permiten.  Otro territorio es el de lo ínter subjetivo, la alteridad, la grupalidad.  Además, esta implicada la idea de un sujeto activo, deseante, que puede ir mas allá de las fronteras establecidas a partir de la imaginación y las utopías siendo creador de cultura.  Por ultimo, está la noción de un sujeto de la experiencia.

 

Subjetividad grupal, institucional, comunitaria

Los ámbitos principales de construcción y expresión de la subjetividad: el familiar, el grupal, el comunitario, el institucional y el social son niveles psicológicos en que se conceptúa y visualiza la subjetividad en atención a principios teóricos y metodológicos enfocados a las particularidades genéricas de cada nivel: el personal, el interpersonal, el grupal y el masivo.

Cada nivel tiene su propio sistema conceptual y categorial de análisis del hallazgo psicológico lo cual impide la realización de cualquier salto reduccionista o masificador y, a la vez, permite enriquecer la comprensión e interpretación del objeto de estudio.

A partir de aquí, queda claro que la visualización que hace el psicólogo de cualquier fenómeno sociopsicológico será siempre interpretado como producto de su captación en un determinado ámbito y nivel, lo cual tiene no solamente un alto valor para las derivaciones teóricas correspondientes, sino también, y esto no es menos estimable, un alto valor en el orden metodológico pues nos permite diferenciar, en el orden operativo, la relación diagnóstico-intervención.

El hecho de que la sociedad sea concebida como un todo dinámico implica no sólo la necesaria distinción entre el individuo y la sociedad, lo que es evidente; sino también su inseparabilidad, que no lo es tanto.

La sociedad y el individuo son inseparables porque, en primer lugar, la inserción en la sociedad exige que el individuo posea una identidad que le permita entrar en determinadas relaciones sociales y una capacidad para abarcar estas relaciones y sus posibilidades. En segundo lugar, porque las condiciones de la sociedad penetran hasta el propio centro de la individualidad construyendo una subjetividad atravesada permanentemente por una pertenencia social particular.

La unidad de una sociedad debe ser visualizada por los psicólogos, en el plano de la subjetividad, y específicamente de la subjetividad colectiva, a través de los sistemas de valores instituidos e instituyentes; actuando los primeros con un carácter consolidador y reproductor y los segundos en calidad de portadores de nuevas producciones de sentido.

El desarrollo de la subjetividad aparece asociado indisolublemente a las particularidades del recorrido vital de cada hombre en los diferentes contextos sociales en los que de manera inmediata transcurre su vida. En otras palabras; sólo desde su comprensión del proceso de  inserción e interacción del hombre en la sociedad y los recursos de comunicación, integración e influencia que se actualizan en cada uno de los niveles en que se concretiza esta inserción social es que lograremos aprehender lo esencial de este proceso permanente.

Este análisis, que de manera alguna constituye un hecho descriptivo, debe realizarse sobre la base del presupuesto filosófico de que el hombre no asimila simplemente la experiencia social, sino que la transforma en valores, disposiciones y orientación propios. El individuo, al aceptar la experiencia social no de forma directa, sino transformada en su propio sistema valorativo y conceptual, está marcando en la sociedad, a través de su actividad, su propia existencia.

Es por esta razón que no existe otra forma de asimilación de la realidad que la de su transformación activa y es por ello que concibo al hombre tanto como un producto de las relaciones sociales  dadas en las condiciones de una sociedad concreta, como un sujeto portador de estas relaciones y miembro activo de la sociedad a la que pertenece.

En cada uno de los distintos ámbitos de inserción social se concretiza de manera particular la relación sociedad-individuo en el sentido de que en ellos cada persona recibe de manera simultánea toda la presencia social que de manera singular le resulta su realidad inmediata y, a la vez, en estos mismos espacios, cada miembro de la sociedad, de manera individual o colectiva, ofrece una presencia social en la que, inevitablemente, devolverá su reflejo particular o grupal de los sistemas más generales de influencia que recibe.

La subjetividad, entendida como una construcción particular que se erige como producto de una permanente interpenetración de lo individual, lo grupal y lo social debe ser hoy, más que nunca, punto de partida y referente permanente en el trabajo de la Psicología en particular y de las Ciencias Sociales en general.

Esta concepción tiende, no solamente a ubicar el necesario contexto para la correcta indagación psicológica sino que se convierte en herramienta metodológica indispensable para aquellos científicos sociales que trabajamos la psicología en una perspectiva no contemplativa-descriptivo sino interventiva-modificadora, de cara al desarrollo personal, grupal, institucional, comunitario y social.
 
Identidad y subjetividad colectiva
Cada persona tiene rasgos físicos, cualidades personales, manifestaciones peculiares en su forma de ser v relacionarse con los demás. Posee recuerdos, experiencias, motivaciones, intereses y expectativas como parte de su constelación personal que caracteriza el modus propio con que aparece a los ojos de los demás y se reconoce a sí mismo.

Nacemos y desenvolvemos nuestras actividades, en lugares específicos, muchas veces consideramos como propios y que el resto de las personas suele reconocer como tales; y en fin, desde nuestro nacimientos o muy cercano a este hecho, se nos asigna un nombre, con el que damos valor legal a los documentos personales, como constancia que legítima nuestra identidad en el conjunto de las relaciones sociales y jurídicas.

Todos estos elementos sirven para que cada persona se reconozca y sea reconocida en su individualidad, lo que contribuye a fijar las diferencias entre "yo" y el "otro".

A rasgos muy generales se menciona entonces la identidad. como una condición y proceso, a través, y en cuyo curso, se logra establecer los limites y peculiaridades que distinguen e individualizan a las personas; doblemente vinculada a la herencia natural y la experiencia vivencial de cada individuo, única e irrepetible por su singularidad, y a la herencia histórico-social de la cual todos somos portadores.

La identidad, más allá de los elementos perceptibles, no es sólo una cualidad implícita en la condición unitaria del individuo; sino que se perfila y enriquece en el de cursar de la vida social; en el contacto multinacional con las instituciones, que comienza en la familia, y luego se amplifica a otras diversas estructuras sociales. Con los hábitos, costumbres, actividades, obligaciones y responsabilidades que contraemos y desarrollamos desde pequeños, en el curso de las distintas interacciones sociales que forman parte de nuestras vidas.

De esta manera, todas las estructuras sociales que componen el tejido de la sociedad, gracias a la huella heredada de una generación a otra y al continuo accionar de las personas que en ellas construyen, reproducen y perpetúan el conjunto de peculiaridades que los caracteriza, logran desarrollar sus propias identidades colectivas, cuyos mecanismos funcionales y principios rectores regulan la relación intragrupal y la mediación con las estructuras externas.
Así se constituye la identidad cultural, como síntesis de la construcción de múltiples significados distintivos, fruto de la complejas interacciones sociales que desarrolla internamente cada grupo y en sus relaciones con otros, mediante las cuales sus miembros se unifican y a la vez, se diferencian de los demás.

La identidad cultural, además de proporcionar elementos concretos de referencia y comparación, resume el universo simbólico que caracteriza a la colectividad, porque establece patrones singulares de interpretación de la realidad, códigos de vida y pensamiento que permean las diversas formas de manifestarse, valorar y sentir.

Sin embargo, no basta con ser partícipe de un realidad colectiva común, ni siquiera es suficiente que poseamos rasgos étnicos comunes o compartamos la misma herencia sociocultural para presuponer la conciencia personal como representante de una identidad determinada.
Se requiere del sentido de pertenencia, como forma de adscripción al universo simbólico de dicha colectividad; como expresión del grado de significación y sentido que los códigos imperantes, los valores, juicios, tareas compartidas y actividades por emprender alcanzan, realmente, para cada sujeto. El sentido de pertenencia, con toda la carga afecto-cognitiva que conlleva, es elemento arraigante y movilizador de la actividad grupal, y lo que es más importante, constituye un generador de valencias y cohesión intragrupal.
En la búsqueda de vías más amplias de participación sociocultural relevante, son imprescindibles los conocimientos acerca de la identidad cultural y el sentido de pertenencia, como elementos básicos para el desarrollo del protagonismo.

Como ya dijimos, cada cultura produce los rasgos distintivos que la singularizan. Mediante la continuada interacción social en que el hombre desarrolla su existencia, se adoptan hábitos, costumbres, modos de acción y relación con el entorno natural y social, que sí bien están matizados por las peculiaridades de las vivencias personales e irrepetibles de cada sujeto, establecen un denominador común, una generalidad esencial, válida para el reconocimiento intragrupal y la diferenciación respecto a los elementos ajenos.
Este conjunto de peculiaridades comprende además de características perceptibles, otras propiedades que se ubican en el plano de la subjetividad colectiva e integran los principios, juicios y valores por los que se rige y norma la vida de la colectividad. Los cambios en estos aspectos no resultan muy dinámicos por la complejidad de los procesos mediante los cuales se construyen y sedimentan, de aquí que muchas de estas características se depuren y transmitan de una generación a otra, constituyendo el sustrato distintivo fundamental de la colectividad.

La identidad cultural se manifiesta en el grado y formas de adscripcion a los elementos distintivos de la cultura. Los valores y significados colectivamente construidos, no constituyen un conjunto homogéneamente aceptado, por lo que su estudio no puede abordarse con carácter puntual excluyente, sino como síntesis de la diversidad, subsumiendo en un solo término la heterogeneidad de factores que inciden en ella.
Estos factores diversos, y en ocasiones hasta contradictorios, componen el sustrato identificativo de la variedad de grupos integrantes de la realidad social de un país. Desde las estructuras de comunidades y barrios, dichas identidades colectivas, aportan, entrelazan y contrastan sus matices diversos para amplificar la identidad cultural nacional.

En el seno de los espacios de asentamiento poblacional, se crean variadas estructuras sociales con perfil organizativo y funcional propio; aunque dependiente del entramado social más amplio del que forman parte. Tales son, los sindicatos, instituciones religiosas, organizaciones políticas, agrupaciones juveniles. etc...Cada una de ellas, presupone contenidos culturales significativos con los cuales sus miembros establecen niveles de compromiso que matizan modos de intervención social y formas respectivas de enjuiciamiento de la realidad circundante, de las agrupaciones de que forman parte, y de sí mismos en tanto que individuos.

De manera general, es posible asomarse al fenómeno de la identidad cultural desde dos planos:

  - El externo, que resume la dimensión de la identidad cultural a características perceptibles, consideradas comunes por efectos de la reiteración, generalmente consideradas en su conjunto a partir de una óptica no comprometida con la construcción socio histórica de los múltiples significados culturales distintivos.

- El plano interno, en que se perciben los heterogéneos significados que caracterizan a una colectividad, desde una posición que posibilita el acceso a la subjetividad colectiva y al sentido personal que cobran estos rasgos considerados distintivos para los miembros.
Observemos que ambos planos, resultan válidos tanto para el investigador como para los sujetos implicados, pues están íntimamente relacionados con el modo en que se aborda la identidad como fenómeno sociocultural y los criterios que prevalezcan en cuanto al alcance y esencia de la cultura.

El primer plano de apreciación de la identidad cultural se limita al reconocimiento de los rasgos distintivos más sensibles, inmediatos y generales, que pueden captarse con mayor facilidad por su concreción y que establecen a grosso modo los límites y diferencias con otras culturas.

Esta visión reducida y externalista, tiende a crear una imagen cultural estereotipada, basada sólo en rasgos, reiteradamente manifiestas; pero sin tratar de develar los códigos subjetivos que prevalecen y caracterizan al sujeto colectivo.

Esta forma de apreciación de la identidad cultural no se limita a personas ajenas a dicho marco sociocultural de referencia. La escasa adscripción de algunos sujetos a los valores distintivos de la identidad cultural propia, a causa de dificultades en los procesos de apropiación o contradicciones entre el sistema de valores colectivo y el personal, puede arrojar semejante consecuencia, que se caracteriza por débiles lazos afectivos y bajo nivel de aproximación conciente y autor reflexiva.

El segundo plano, presupone una profundidad en la dimensión simbólica de estos rasgos. Acceder a los significados, los posibles sentidos que se les otorgue individualmente, y por ende, las valoraciones respecto a los elementos culturales con los que se define en cada caso y para cada grupo, su particular identidad cultural.
A tal efecto, resulta importante tener en cuenta algunos factores importantes, como son:

  - La amplia gama de significados culturales heredados y los generados en las múltiples estructuras e interacciones sociales
- El lugar que ocupa cada colectivo y sujeto en la estructura de ordenamiento social imperante
- El papel y trascendencia de cada colectivo en cuanto a sus relaciones intra y extra grupales
- La valoración grupal e individual de estas interacciones y ordenamiento social
- El autorreconocimiento intragrupal
- La vivencialidad personal en la configuración del perfil psicológico del sujeto

Como puede apreciarse, este es un plano que respecto a los sujetos implicados puede brindar el acceso consciente y auto reflexivo en torno a los procesos de identidad, y por ende, a la cultura propia.
Es importante señalar que la identidad cultural se manifiesta más allá de la conciencia de sus portadores al respecto. Constituye una segunda piel que sólo por una intervención volitiva orientada conscientemente, se logra enmascarar.
Sin embarco, la adhesión consciente a los rasgos identificativos de la cultura, aquella a través de la cual estos cobran sentido para cada sujeto, se pueden establecer de dos formas básicas, ambas, íntimamente relacionadas con la vivencialidad de los sujetos.

Una de esas formas, tiene lugar cuando dichos rasgos distintivos. se reconocen sólo como productos de la realidad socio-histórica legada a través de la herencia cultural y los sujetos se sienten sólo como continuadores, portadores de estas peculiaridades.

Generalmente cuando tiene lugar tal forma de adhesión, los supuestos procesos de apropiación no han logrado rebasar la significación colectiva y adquirir el necesario sentido para cada sujeto.

La otra forma de adhesión, es el fruto de la participación protagónica en los procesos culturales, entendida como participación directa y consustancial no sólo en la apropiación; sino también en la construcción de contenidos culturales.

En ambos formas de adhesión, se aprecia que la significación social y el posible sentido de los contenidos culturales, estarán en dependencia de los niveles de participación alcanzados en los procesos de apropiación donde se re-creen dichos contenidos; la que generará tantas lecturas, como niveles de compromiso adquieran todos y cada una de los sujetos que, de una u otra forma, formen parte de esta realidad.

Todos los rasgos distintivos de la identidad cultural que se encuentren al margen de las coordenadas espacio-temporales respecto a determinados sujetos, es decir, no sean parte de su vivencialidad, y por tanto, producto de la cotidianeidad cultural en que se desenvuelve su existencia, necesitan el marco de negociación apropiado para lograr insertarse de manera tal, que adquieran la resignificación actualizada necesaria en los contextos vivenciales como contenido cultural vigente.

 

Sentido de Pertenencia

Cuando una serie de particularidades comunes a un colectivo, sirven para distinguirlos de los demás, creando premisas para el autorreconocimiento como parte integrante del mismo, los vínculos de interacción grupal entre los miembros se hacen más sólidos y coherentes, tanto dentro como fuera del contexto de referencia.

Se establece pues, una identidad colectiva que traza y norma los mecanismos internos para la acción, conservación y desarrollo grupal, así como para mediar las relaciones con otros grupos. Cada integrante entonces, se concientiza como sujeto de estos códigos intra grupales y se siente portador y representante del universo simbólico que recrean como grupo. Esta peculiaridad relativa a la forma de adhesión a los rasgos distintivos de la identidad cultural, es el llamado sentido de pertenencia, que implica una actitud consciente y comprometida afectivamente ante el universo significativo que singulariza una determinada colectividad, en cuyo seno, el sujeto participa activamente.

Los vínculos de pertenencia pueden ser múltiples respecto a una misma persona, de acuerdo a la diversidad de roles e interacciones en que participe a la largo de su vida. Así pues la familia, las organizaciones sociales, la comunidad, pueden constituir simultáneamente medios a las que un mismo sujeto se sienta pertenecer.
El grado de compromiso individual y colectivo, así como los vínculos afectivos que se consolidan mediante el sentido de pertenencia son tales, que aún en los casos en que cesa la relación activa con el medio que lo origina, puede mantenerse la identificación con sus valores representativos, mientras estos no entren en conflicto con los valores más raigales de la identidad personal. La duración de este lazo emotivo es, por tanto. indeterminada, y sólo se extingue en la medida en que se transformen y construyan significados que enajenen la identificación del sujeto con los mismos.

No obstante, la fuerza del sentido de pertenencia en muchas ocasiones pervive, como una latencia emotiva, relacionada con aquellos rasgos distintivos de la identidad colectiva que todavía mantienen su sentido para el sujeto. Por tanto, el sentido de pertenencia es un elemento primario de arraigo e identificación personal y colectiva. Es expresión concreta de adhesión a rasgos específicos y característicos de la cultura que sintetizan perfiles particularmente sentidos de identidad cultural; por lo que resulta importante en las estrategias  para el desarrollo.

Debe añadirse que en el estudio de los procesos de identidad Y sentido de pertenencia, es necesario considerar las múltiples posibilidades de organización, clasificación y normación generadas en dichos procesos, que al conformar las prácticas intra y extra grupales, definen las posibilidades de acción colectiva

 

La cotidianeidad como fuente de reafirmacion

El desarrollo del protagonismo plantea la necesidad de reafirmar la identidad cultural y el sentido de pertenencia como recursos insustituibles para movilizar la participación sociocultural en esta dirección. Con esta finalidad, la promoción debe apelar, en primera instancia, al concierto de significados culturales distintivos cuyo consenso mayoritario funja como punto de contacto y entendimiento intergrupal, para propiciar posteriormente, el desarrollo de procesos negociados donde se favorezca la apropiación de aquellos contenidos culturales que requieran de resignificacion contextual.

En este sentido resulta muy útil partir de contenidos culturales vigentes en la cotidianeidad de vida del colectivo o la comunidad, en cuya construcción significativa se encuentren de una forma u otra comprometido, parte importante de sus miembros.

La promoción de las múltiples expresiones de la cultura nacional, por ejemplo, ayuda a la reafirmación de la nacionalidad, porque facilita la interiorización de valores y actitudes ético-políticas; permite establecer lazos emocionales más fuertes con el patrimonio histórico-cultural del que somos herederos; crea, en fin, las condiciones para reconocerse en las peculiaridades distintivas de la identidad nacional.

Sin embargo, no basta para alcanzar estos objetivos con establecer contacto con los hechos y expresiones representativas de la cultura, ni con la ampliación de los conocimientos al respecto. Se patentiza entonces la necesidad de lograr el verdadero acceso a la cultura; sobre todo, cuando los referidos hechos y expresiones se han gestado en marcos socio-históricos separados de la vivencialidad cotidiana de los sujetos en cuestión, por el tiempo, la distancia a la carencia de compromiso personal en su significación social.

Los intentos en este sentida. suelen remitirse a la transmisión de conocimientos, o la exaltación de los valores culturales representativos, esfuerzos que no siempre alcanzan la trascendencia esperada por falta de auto referencia en el sistema personal de valores. La recreación de las expresiones de la cultura vigentes en el marca de la cotidianeidad, como escenario de construcción  actualizada de múltiples significados culturales, favorece el reconocimiento de los valores operativos para la colectividad y cada sujeto; que sí bien, en ocasiones se enmascaran en las brumas del anonimato diario, tienen la potencialidad de destacarse como muestras vivenciales y contemporáneas de una complejidad identificativa más amplia.

Pero la que resulta más importante es que al develar la complejidad cultural manifiesta en cada faceta de la cotidianeidad de vida local; al identificar y reconocernos en sus múltiples expresiones como elemento fundamental de su creación y continuidad, se hace más transparente y cercano el significado de los valores culturales legados a través del devenir histórica-social, se facilitan los procesos de apropiación y adquisición de sentido.
Afianzarse conscientemente en la identidad colectiva de color local desde la cotidianeidad, permite a su vez, establecer los contrastes diferenciadores con otros colectivos; pero además, ayuda a reconocer los nexos y elementos culturales comunes a unos y otros grupos y comunidades, es decir, que la validación de la cultura local desde las más sencillas expresiones inmersas en lo cotidiano, puede ser un medio eficaz para acercarse a la esencia significativa más general y diversa de la identidad nacional; y por extensión, facilita auto reconocerse como agente portador y constructor de ese universo cultural y trascender a compromisos identificativos cada vez más cercanos a la esencia común de la humano.

Por último, debe señalarse que la labor sociocultural tiene que pulsar las peculiaridades de las distintas formas de expresión e interacción de las identidades colectivas; al igual que las tendencias en cuanto al comportamiento del sentido de pertenencia. De las posibilidades de aglutinar intereses múltiples para la acción cultural desde las peculiaridades que distingue a cada colectivo y localidad, dependerá el éxito de esta gestión en cuanto a la posible repercusión en el desarrollo social, su sustentabilidad, extensión y multiplicación.

 

Subjetividad y Cultura

Es decir, las vivencias se expresarían a través de signos, organizados en un sistema de signos (función significativa del signo y expresiva, en un contexto de discurso), pero rechaza que la significación corresponda a la vivencia, el significado es reflexión sobre la vivencia pero no la vivencia misma (Habermas, 1980). Con esto marca Shutz a una corriente dentro de la hermenéutica que no reduce el antiguo mundo interno a la significación, en todo caso ese mundo se expresaría a través de signos. Por otro lado marca otra línea que será posteriormente muy fructífera, la distinción entre significado objetivo, acumulación social de significados diríamos hoy, y significado subjetivo del signo. Sin duda que Shutz es un personaje central para la Hermenéutica moderna en su conexión entre filosofía y ciencias sociales, de él vienen los conceptos de intersubjetividad, el problema de cómo se produce la comprensión del sentido entre sujetos en interacción, el de mundo de vida y la exploración de toda una serie de formas de razonamiento del sentido común por las cuales es posible la intersubjetividad como el uso de tipificaciones, de recetas y del principio etcétera (Gurtvitsch, 1979).

 La Hermenéutica influyó en las ciencias disciplinarias de este siglo sin ser como decíamos dominante, esta presente en el psicoanálisis, en tanto considerar un mundo interno escindido en un consciente y un inconsciente que se interpreta a través de la  entrevista psicoanalítica que aparece como técnica para penetrar indirectamente al mundo interno; en la Antropología en la corriente de Cultura y Personalidad, cuando introduce la idea de valores culturales actuados inconscientemente y en el plantear como técnicas de investigación la observación o las de corte psicoanalítico (Goff, 1980); el Interaccionismo Simbólico en Sociología , cuando criticando al estructuralismo llega a la conclusión de que no existen los fenómenos transubjetivos y plantea como tarea de la ciencia social captar las percepciones de la realidad del propio actor y como se relacionan con sus actos, en particular la interacción entre símbolos y lenguaje. Si los hombres definen una situación como real es real en sus consecuencias, que sería una traducción teórica del planteamiento fenomenológico de identidad entre fenómeno y esencia (Goffman, 1981). Sobre todo el interaccionismo simbólico ha aportado a la moderna hermenéutica la idea central de que toda interacción social es una interacción simbólica, significativa, y que por tanto, en oposición a la corriente propiamente fenomenológica emprendida por Shutz, que el significado no es psíquico sino que está ya en el acto social.

La tradición que venía de Durkheim, de la conciencia colectiva como imposición social siguió la línea del Funcionalismo (Goldman, 1975). Pero, además de la visión holista, el propio concepto de cultura como sistema de normas y valores contrasta con las Teorías sociales actuales y las teorías del discurso, influenciadas por la hermenéutica al verla primero no como normas y valores sino como signos, formando o no un sistema, que es un problema que posteriormente abordaremos (De la Garza, 1992). La diferencia entre Cultura como sistema de normas y valores y como acumulación de significados estriba en que en primer lugar, normas y valores no agotan el amplio campo de los significados, no todos los significados tienen que ser necesariamente normativos, los significados pueden ser efectivamente morales, pero también estéticos,  los puede haber de tipo cognitivo (la cognición y el conocimiento en general sujeta a interpretación no necesariamente en el sentido evaluativo) y las formas de razonamiento cotidiano (Moscovici, 1984). Por otro lado, aceptar que hay campos subjetivos como los mencionados sin reducción de unos a los otros, por ejemplo al de las normas morales, abre la posibilidad de distinguir subjetividad de cultura y a al vez de establecer sus conexiones. Subjetividad en tanto proceso de producción de significados a partir de  campos subjetivos como los mencionados y con formas de razonamiento como las reseñadas por los hermenéutas y las teorías del discurso, y la cultura, vista primero no como sistema, la heterogeneidad, discontinuidad y contradicción forman parte de la misma, sino como  acumulación social de significados. Es decir, la producción y la acumulación implican procesos de selección de significados socialmente aceptados y por niveles de abstracción diversos, en los que las jerarquías de poder de los grupos sociales están presentes (Foucault, 1968).

Las teorías del discurso han dado un gran impulso a la ciencia social actual, en particular la conjunción entre teorías hermenéuticas y las del discurso, y de estas con perspectivas renovadas de ecos postmarxistas han contribuido a conformar un panorama de gran riqueza y complejidad (Dubet, 1989). Desde los trabajos de Saussure (1985) en su Curso de Lingüística General el acento es puesto en la lengua como sistema de signos convencionales que expresan ideas, es decir, los signos son vistos como abstracciones ratificadas por el consenso colectivo, muy en la línea de Durkheim de conciencia colectiva.; la lengua es como un diccionario depositado en el cerebro de los hablantes e independiente de su voluntad, el signo es visto de manera mas precisa como asociación entre significado (concepto) y significante (sonido).

 

Implicaciones para la comprensión de la subjetividad:

La subjetividad está sujeta a fuerzas psíquicas que operan desde el inconsciente. La conciencia es la punta del iceberg de naturaleza inconsciente y simbólica. Hay contenidos latentes que pueden acceder a la conciencia y al lenguaje, y otros de reprimidos que no aparecen nunca en la conciencia. Ni el pensamiento ni su expresión lingüística pueden ser calificados como claros y transparentes por el sujeto que piensa o habla.

La subjetividad se manifiesta como un mecanismo de emergencia y represión alternativa de la libido dentro de la cual la conciencia (el yo) está siempre a punto de naufragar delante de las exigencias de placer o destructivas y delante del sentimiento de culpa o angustia generados por el superyo (costra psíquica generada a partir de la identificación del individuo con el padre y que acumula los ideales morales y religiosos).

El ello es amoral, el yo se esfuerza por ser moral, el superyo es hipermoral. La subjetividad es precaria y dependiente. El Yo tiene que responder a tres exigencias:
“Mas, por otra parte, se nos muestra el yo como una pobre cosa sometida a tres distintas servidumbres y amenazada por tres diversos peligros, emanados, respectivamente, del mundo exterior, de la libido del yo y del rigor del superyo. [...] En calidad de instancia fronteriza quiere el yo constituirse en mediador entre el mundo exterior y el ello, intentando adoptar el ello al mundo exterior y alcanzar en éste los deseos del ello por medio de su actividad muscular.” (Freud 1977, p. 47). Freud, S. (1977), El yo y el ello. Madrid: Alianza.
Desaparece la idea de un sujeto autónomo que habla desde una supuesta neutralidad desde la que juzga la corrección de las afirmaciones epistemológicas o éticas.

La subjetividad está relacionada con la manera en que la cultura ordena y regula nuestros cuerpos y deseos.  Las identidades culturales son construcciones necesarias para actuar dentro de la cultura.

Se define el sujeto dentro del campo simbólico, aspecto que recoge corrientes como el análisis del discurso o el construccionismo social. El construccionismo social enfatiza el orden simbólico de los repertorios discursivos y de lenguaje sobre los que se organizan todos los procesos sociales y personales, eliminando al sujeto individual en su dimensión subjetiva. La emoción se convierte en un producto de los procesos de significación.

Para la filosofía tradicional el sujeto era unitario, ideal, universal, consciente, asexual y el fundamento del conocimiento y la filosofía. Por la crítica postestructuralista y postmoderna, el ser humano es corpóreo, sexuado, social, fracturado, histórico y radicalmente descentrado; efecto del lenguaje, la sociedad, la cultura y la historia.

 

Bibliografía


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º Castoriadis, Corneluis, La institución imaginaria de la sociedad, México, 1989
º Fernández, Ana María, “De lo imaginario social a lo imaginario grupal”, Tiempo histórico y campo grupal. Masa, grupos e instituciones, Nueva Visión, Buenos Aires, 1989
º Greimas, A.J., Semántica Estructural, Madrid, Gredos, 1985
º Goldman, L. (1975) Las Nociones de Estructura y Génesis. Buenos Aires: Nueva Visión.
º Habermas, J. (1981) La Reconstrucción del Materialismo Histórico. Madrid: Taurus.
º Habermas, J. (1985) Conciencia Moral y Acción Comunicativa. Barcelona: Península.
º  Heller, A. (1987 ) Teoría de los Sentimientos. Madrid: Fontamara.
º  Foucault, “El uso de los placeres”, en Historia de la sexualidad, México, 1988
º Pichón-Riviere, Teoría del vinculo, México, 1980





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